Café Muller – Pina Bausch (1978)

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Esta pieza es un clásico de la coreógrafa alemana Pina Bausch, quien revolucionó el contexto de la danza contemporánea en la época y en la actualidad sigue siendo un referente importante en las artes escénicas.

La obra es interpretada por tres hombres y tres mujeres (incluida Pina que permanece todo el tiempo en escena), los cuales intercalan su aparición. El ambiente es frío y austero; la escenografía se basta de una puerta giratoria, una pared y muchas sillas y mesas de café distribuidas de manera aleatoria por el escenario.

Todo el tiempo los intérpretes se relacionan con estos elementos; a veces, parece como si lo hicieran de manera improvisada debido a la naturaleza de la escenografía, lo cual es muy interesante porque genera un ambiente azaroso, dinámico, suspensivo y sorpresivo para el espectador. El vestuario es cotidiano e íntimo; la música, de Henrry Purcell, está presente durante casi toda la obra y combina con exquisitez con la atmósfera.

Café Muller es un eterno crepitar de emociones, es el individuo repitiéndose en su humanidad, es la constante elocución de las sensaciones, es el ser reflejado en su fragilidad y en la belleza que hay en esta.

Contiene códigos expresados de manera sublime, como el poder de un abrazo, la insistencia errática del ser, su existencia automatizada y el miedo a compadecer.

Puede decirse que esta pieza es danza-teatro por las operaciones escénicas y sus intérpretes (actores y bailarines); existe una narrativa interesante dada a través del movimiento y la acción.

Es una obra sin fecha de caducidad, completamente pertinente en cualquier tiempo; incluso tiene un tinte de contemporaneidad especial respecto a su época de creación.

Invaluable, única, así es Café Muller.