Instrucciones para abrazar el aire, bajo la dirección y dramaturgia de Aristides Vargas, fue la obra con la que clausuré mi experiencia como espectadora en la temporada del XXIV Festival Internacional de Teatro El Gesto Noble 2019 en El Carmen de Viboral (Antioquia).
Malayerba es una agrupación de teatro originaria de Quito (Ecuador) con 39 años de trayectoria, cuenta con más de 20 montajes y han desarrollado laboratorios de formación teatral para jóvenes. Además, por 7 años Malayerba produjo la revista Hoja de Teatro, una propuesta para hacer crítica y teorización sobre el teatro ecuatoriano.
Sobre su obra Instrucciones para abrazar el aire me quedaron varias sensaciones al respecto, empezando por su nombre, es evocador, poético y genera curiosidad, seduce, o por lo menos eso me sucedió a mí.
Por otra parte, me impresionó la carga dramática de la obra, es tremendamente trágica y más aún tratándose de un relato basado en un acontecimiento real sobre violencia, desapariciones y dolientes.
Esta pieza teatral está dedicada a una abuela que sufrió el dolor de la guerra, tras la desaparición de su nieta, una pequeña niña, a la cual recuerda día con día y la abraza; la abuela declama: abrazar el tiempo es abrazar la ausencia (…) cuando la abrazo, siento que es más real que yo.
Foto: Valentín Betancur
Instrucciones para abrazar el aire es interpretada por dos actores adultos mayores, lo cual la hace exquisita; estos personajes hablan sobre la cotidianidad, la vejez, la vida, la repetición y el olvido. Establecen diálogos desde dos cuadros escénicos principales, aparentemente opuestos que oscilan entre la realidad y la ficción, entre lo cómico y lo trágico.
La dramaturgia de la obra es muy elaborada, hay mucho texto, lo cual en lo personal me agota un poco debido a la extensión de la obra, sin embargo, esto lo sopesa el excelente uso del recurso escenográfico, donde no sobra ni falta nada.
Es hermosa la instrucción sobre como abrazar el aire y la ausencia, es la instrumentalización de la emoción, es la forma tácita del dolor.
El Bicho es una obra con dramaturgia y dirección de Patricio Estrella, se presentó en la sala de teatro Tespys del Instituto de Cultura del municipio de El Carmen de Viboral (Antioquia) en el marco del XXIV Festival Internacional de Teatro El Gesto Noble en el año 2019.
El grupo de teatro La espada de madera tiene una trayectoria escénica de más de 25 años desarrollando propuestas artísticas desde el teatro y los títeres en Latinoamérica. Su puesta en escena integra múltiples elementos, desde lo artesanal hasta el uso de las nuevas tecnologías.
Esta pieza teatral propone un uso particular de la escenografía y de la utilería, está toda contenida en una estructural multifuncional, móvil, convertible y versátil; es una especie de dado ambulante que muestra varias caras, conforme transcurre la obra.
El Bicho es la historia de un personaje peculiar contada por sí mismo, una criatura hibridada entre un científico, un biólogo, un filólogo y un filósofo, con su respectivo asomo de locura. Tiene una especial manera de hablar y una necesidad recurrente de dar la definición de las palabras peculiares que usa. Sus interlocutores son la conciencia y la muerte, representadas en pequeñas marionetas, cada una con una serie de códigos y cargas simbólicas muy sugerentes.
La conciencia de este personaje es literalmente una pequeña criatura que habita enjaulada en su cabeza; este es el gran logro de El Bicho, acallar la voz de su conciencia, controlarla, someterla y desahuciarla. Dar muerte a la propia conciencia es una propuesta poética muy elevada, y materializar esa vocecita es una abstracción muy interesante.
Por otra parte, el personaje de la muerte en esta obra es un poco más empático con El Bicho, la muertecita está representada por una marioneta en forma de calavera, un ser femenino que seduce a través de su danza. Se entrevé cierta relación sensiblera entre El Bicho y la muertecita, cierta complicidad pícara, cierto romance.
Así pues, las relaciones transaccionales entre los personajes de esta obra son atípicas, proponen una visión alterada de la realidad, una cotidianidad particular. Me divertí con esta propuesta artística, integra a los espectadores, genera nuevas reflexiones y recrea imaginarios nuevos.
Con la dirección del chileno Elías Cohen y texto del poeta Alex Aillón Valverde, la agrupación Teatro de Los Andes presentó la obra Un buen morir en la sala de teatro Tespys del Instituto de Cultura del municipio de El Carmen de Viboral (Antioquia), en el marco del XXIV Festival Internacional de Teatro El Gesto Noble en el año 2019.
Teatro de Los Andes es uno de los referentes más importantes en la escena artística latinoamericana, su acogida dentro de la programación fue masiva y esperada, esta agrupación tiene experiencia en la escena carmelitana.
Un buen morir es una historia dramática sobre el amor y la muerte, una experiencia estremecedora que atraviesa la vida de una pareja, cuyos personajes representan a un par de actores maduros. Encuentro especial encanto en la propuesta artística que inserta la obra dentro de la obra, es decir, aquella en la que cuesta distinguir entre realidad y ficción, donde hay oportunidad para la ambigüedad, las grietas y los excesos de realidad. Esto me atrapa.
Un logro dramatúrgico interesante es la forma en la que se abordan temas espinosos como el suicidio, con tal sensibilidad y elaboración que seduce al espectador. Su belleza es descarada, toca las fibras más profundas. Quiero citar textualmente una línea declamada por el actor: “la enfermedad es la muerte escupiendo en tu boca”, estas palabras te sacuden y te recuerdan la fragilidad de los cuerpos, es la obviedad transferida en poética.
Esta pieza está provista de aciertos estéticos importantes, la implementación técnica y la producción es interesante y eficiente, especialmente su escenografía. La optimización del recurso está dada de manera creativa y funcional, generando diferentes atmósferas e imágenes estéticas memorables; una de ellas es la lluvia dentro del escenario, momento sublime e inverosímil que me recordó a la emblemática Pina Bausch y su desafiante propuesta sobre la puesta en escena.
Un buen morir es una ensoñación del amor, aquella abstracción mental que, de una u otra manera, nos conduce a alguna muerte.
Esta obra convocó un número considerable de espectadores, estuvo el aforo lleno e incluso hubo sobreocupación de la sala, así que antes del ingreso se podía visualizar la expectativa de los asistentes.
Al iniciar la obra se presentaron fallas técnicas en luces y sonido; sin embargo, el equipo encargado dio solución al impase y se reinició la obra.
Contra el amor, contra el progreso, contra la democracia es una pieza que, desde su nombre, plantea temáticas evidentemente de carácter político; su título también suscita cierta densidad, la cual se comprueba cuando se presencia la puesta en escena.
Me aventuro a inferir que esto puede deberse, de cierto modo, al contexto del elenco: los intérpretes son estudiantes de la primera cohorte de arte dramático de la Universidad de Antioquia (seccional Oriente); y digo esto porque, desde mi experiencia, considero que las primeras creaciones artísticas de un colectivo pueden verse saturadas de intenciones dramáticas, en respuesta a una ambición desde el oficio, sujeta, además, a la presión que supone ser pioneros en procesos culturales y académicos de la región.
Esta dramaturgia tiene básicamente siete actos o escenas claramente conceptualizadas. La primera es una pasarela de algunos personajes, presentados desde la excentricidad y lo grotesco; la segunda plantea la televisión literalmente como la “caja mágica”: la ficción como realidad; la tercera es una apología al movimiento nazi, desde el desprecio por la humanidad; la cuarta representa la escuela y el abuso, narrada desde la analogía; la quinta es una representación de la típica relación de pareja y sus vicisitudes; la sexta habla sobre el exterminio de la humanidad como plaga corrosiva; la séptima y última escena, expresa lo político, las democracias, la corrupción y la represión.
Claramente, se propone la composición de la escena desde múltiples panorámicas, lo cual hace más compleja la digestión de esta pieza. Igualmente sucede con la escenografía; es abundante y generalmente se aborda desde la exageración. Se comprende que, desde la intención dramática, se desea incomodar, conmover y agredir al espectador.
Estas afirmaciones corresponden a una apreciación personal, que preferencia el minimalismo, lo abstracto y las lecturas poéticas alejadas de la literalidad. Estoy plenamente consciente de que este estilo de propuestas ha existido y perdurarán en el campo teatral; así que, sin ánimo de desmeritar la complejidad de la propuesta, es de resaltar: algunas construcciones desde el movimiento corporal, los textos, la recursividad escenográfica, las dinámicas dramatúrgicas y la interpretación de los actores.
Es notable la formación académica de los artistas, se evidencia en el cuerpo, su entrenamiento, el manejo de la voz y el nivel de detalle que logran dilucidar. Abordar tanta densidad conlleva un trabajo dispendioso, al igual que la coexistencia de la cantidad de artistas, ideas, elementos, etc.
Foto: Valentín Betancur
Debo confesar que hubo un momento escénico que me generó angustia como espectador, el cual hizo salirme de la ficción y preocuparme por la realidad; situación desfavorable que deberíamos evitar como hacedores de las artes escénicas, donde ofrecemos una experiencia en vivo y en directo.
El momento angustioso del que hablo ocurrió en el segundo acto, la actriz (encarnando a su personaje) encendió, fumó y desecho encendidos tres cigarrillos sobre el proscenio.
Dicho detalle me generó incomodidad por tres razones: 1. Exceso: se agota la acción como recurso expresivo; 2. Riesgo: había una atmósfera altamente inflamable: el plástico de la escenografía, la madera, la tela, la electricidad; 3. Espacio cerrado: el hacinamiento de personas en este tipo de áreas hizo que el humo del cigarrillo, sumado al calor corporal, generara un ambiente asfixiante, del cual instantáneamente quise retirarme, aunque no lo hice.
Comparto que, en ciertas ocasiones, hay una clara intención de transgredir los espacios y/o trastocar a la audiencia, aunque considero que hay formas menos directas e invasivas de hacerlo; además que debemos cuidarnos de priorizar la cantidad en lugar de la calidad.
Reitero lo personal de mi apreciación; sin desconocer las libertades escénicas que pueden darse en este tipo de arte, cuestiono este aspecto desde la rigurosidad del oficio más allá de la temática que se elija desarrollar en la escena.
Esta obra es una experiencia escénica para niños de cero a cien años, así lo afirma su director en la interlocución inicial, ¡y cuánta razón tiene! Combina de manera exitosa la música en vivo y las artes escénicas; ambas expresiones de arte dialogan entre sí con tal elocuencia que logran seducir al espectador en cada acto.
Tomasín Bigotes y la Bruja Candela es una producción de la agrupación Teatro Bitácoras, originaria del municipio de La Ceja (Antioquia), bajo la dirección de Abel Anselmo Ríos, los cuales han sido ganadores de varias becas de creación y circulación.
En esta ocasión TeatroBitácoras presenta una colaboración artística con Nybram Sonidos del Mundo, grupo de folk y world music del municipio del Carmen de Viboral, también acreedor de varios premios y becas de creación.
La agremiación de estos dos colectivos artísticos logró una puesta en escena muy nutrida; por un lado, la dramaturgia sobre mitos y espantos de la región andina de Colombia (obra basada en la novela Tomasín Bigotes de Hernando García Mejía) y, por otro lado, la música en vivo con la producción Mitos de Aquí y Allá, escrita por el compositor Julián David Trujillo Moreno, sobre distintos mitos de la tradición oral colombiana.
Ambas agrupaciones artísticas habitan una misma temática contada desde diferentes formas de arte que, al mixturarse, crean una sola obra de manera indiscriminada; es decir, construyen un solo producto artístico, bien estructurado y de excelente calidad.
La limpieza escénica es reconfortante (vestuario, maquillaje, luces y escenografía); pese a la cantidad y variedad de elementos escenográficos, existe una clara justificación dramatúrgica para cada uno.
Es una pieza multidisciplinar donde la música, el teatro, la danza e incluso las artes plásticas se configuran para contar un historia mítica, legendaria y mágica bien articulada al lenguaje actual, moderno y coloquial, lo que hace sentir al espectador un tanto identificado.
Su riqueza discursiva nutre el espectáculo, se habla de conciencia ambiental, historias fantásticas, temas de género y hasta de la muerte; tópicos espinosos abordados de manera lúdica, lo cual transmite el mensaje con diversión y buen humor.
La interacción con el público está dada en la medida justa, con intervenciones precisas y estratégicas. La obra se inserta de manera pertinente en el contexto local y es apta para todo tipo de público; integra y captura al espectador, razón por la cual fue una acertada elección para inaugurar la tercera versión del festival Las Artes en Escena de La Ceja, Antioquia 2019.