
1. Encuadre
Ver danza contemporánea, presenciar una obra que se ordena no necesariamente en términos narrativos sino en función de simetrías y asimetrías, a través de patrones que se repiten y se desordenan, diástoles y sístoles que divergen y convergen, conecta al espectador con cierta parte de sí que lo obliga a no entender como tradicionalmente entiende, es decir con lógicas y estructuras derivadas del relato y del concepto. Se trata más bien de una comprensión (o incluso incomprensión) propioceptiva, de un experimentar sensaciones que hacen sentido incluso antes del significado: en el sentir. Entonces, cuando decimos ver, decimos también palpar, oír, incomodarse en el asiento.
2. Bailar
La obra empieza con la respiración anhelante y agitada del cuerpo de baile, reunido bajo la débil luz de una lámpara circular que cuelga del techo. Esta respiración al unísono marca el tempo y el compás, un ritmo pedal que, con algunas variaciones dispuestas para dar tensión, profundidad y equilibrio, hará avanzar la obra hasta el final.
Los primeros movimientos se concentran en este reducido halo de luz, lo que da la sensación de aire contenido, de cuerpo cerrado, de organismo que se agita y se estira porque quiere salir. Luego la acción se abre a todo el espacio y los bailarines se ubican cada uno bajo una de estas lámparas que recuerdan la forma de los ovnis y que se pueden prender y a apagar a voluntad con un interruptor de cadena. Este diseño escenográfico es a la vez central y afortunado, ya que la coreografía de los cuerpos y de la luz será la columna sobre la cual los bailarines desarrollen sus rutinas, pero, además, el elemento a partir del cual será posible, posteriormente, pensar la obra en términos de coherencia y significado.
Así, las luces se irán encendiendo y apagando sobre cada bailarín: a veces, solo uno de ellos queda iluminado mientras los demás permanecen en lo oscuro. Después, este apaga su lámpara y da paso a otro, o a un par de ellos, que la encienden. Esta alternancia de luz y sombra estructura la exploración que hace la obra acerca de temas como la mirada, el control y la vulnerabilidad a la que queda expuesto aquel que sale de su intimidad para exhibirse ante el otro. Tal creación coreográfica genera la idea de una voluntad coordinada, es decir, de que cada bailarín puede hacerse visible controlando su propia luz, o apagándola, si es que ya ha pasado su tiempo. No es el luminotécnico, por esta vez, el encargado de exponer a la compañía.
Se alternan algunos solos con intervenciones de parejas que componen escenas cuyas sugerencias van desde lo erótico a lo tierno, hasta que cada bailarín trae algunos objetos personales y los dispone al interior de su halo de luz, o, también podríamos decir, de su propia habitación. Tal vez en este pasaje se haga visible el método general de trabajo. Cada bailarín tiene objetos distintos, objetos que no son de utilería, objetos personales, los cuales ordena de manera particular. Los movimientos del cuerpo de baile son en este momento simultáneos, mas no al unísono. La coreografía se encuentra en el tema, en el motivo, no en la coordinación de movimientos. Esto hace pensar que, en la construcción de todo el esquema, no solo en la interpretación escénica del montaje, fue fundamental el aporte de cada bailarín desde su mundo interior, lo que cada bailarín trajera de su casa.

El término «voyerista» sugiere la idea de observar a escondidas, de ser testigo de algo íntimo o privado. Por su parte, la palabra «cosmética» indica una conexión con los rituales de cuidado personal, pero a la vez con la idea de ordenar y controlar la aparición en público, influyendo en la forma como los otros nos ven. La obra aborda de esta manera la relación entre el observador y el observado, analizando cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos perciben los demás. Reflexiona sobre la naturaleza de la mirada y sobre cómo esta influye en nuestras experiencias y relaciones.
Al combinar los términos «cosmética» y «voyerista», el título de la obra señala un camino que, si bien no describe literalmente lo que ocurre en el escenario, sí ronda la idea de explorar las conexiones entre intimidad y exposición, o, para decirlo de otra forma, de las tensiones cada vez más complejas entre lo privado y lo público. En este sentido y un poco en contrapunto con lo que hemos descrito hasta el momento, al final la obra rompe la cuarta pared y los bailarines retan al espectador que lo desee (y tenga el valor) a que pase al escenario. El que quiera ver que también sea visto, el que mire que sea también mirado. Se ordena así, se prepara, se diseña la escena para que el voyerista haga su aparición. De este modo ¿cuál es el adentro y cuál el afuera?
Escribe: Juan Felipe Ospina

